#34 La cabeza del santo - Socorro Acioli
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Hace algunas semanas terminé de leer La cabeza del santo, el primer libro de Socorro Acioli.
La primera hoja del libro es una de esas impactantes páginas en blanco que sirven de adorno a alguna poderosa frase prestada de alguien más. En este caso, es una cita de Pedro Páramo, que funciona como recuerdo y como aviso.
En la siguiente hoja comienza la historia de Samuel, que, al igual que Juan Preciado, emprende un viaje hacia un pobre pueblo en ruinas, en busca de un padre perdido al que no conoce ni quiere conocer.
El camino a pie hasta Candeia es duro, y el paisaje semidesértico del sertão cearense no parece tan diferente al de Comala.
Como yo nunca he estado personalmente, ni cerca de Jalisco ni de Juazeiro del Norte, cuando leo sobre este tipo de paisaje —que no deja de ser un protagonista omnipresente en estas historias—, recuerdo los áridos terrenos de los alrededores de Pucará, o a las solitarias piedras entre Llallagua y Siglo XX.
Después de una larga travesía, cuando Samuel llega mendigando a Candeia, encuentra una tremenda estatua de San Antonio de Padua, solo que está decapitada: el cuerpo gigante está arriba de una montaña y la enorme cabeza de concreto está abajo. A falta de un lugar mejor, Samuel se resguarda de las inclemencias del tiempo dentro de la cabeza; pero de madrugada lo despiertan media docena de voces que le rezan al santo. Resulta que dentro de la cabeza, Samuel, y solo Samuel, es capaz de escuchar los rezos que le hacen en los alrededores al santo casamentero.
Dada su triste condición de mendigo, Samuel decide usar su nuevo talento para lucrar y hacer negocio con las solteronas del pueblo. Este es el motor de su simpática historia, en la que también vamos conociendo las venturas y desventuras del pueblo de Candeia y su gente.
Lo más increíble es que la estatua decapitada de verdad existe, y estuvo sin cabeza durante décadas, hasta que la historia del libro se hizo viral y generó presión suficiente para que, después de 39 años de acefalía, finalmente le construyeran una nueva cabeza al pobre santo.
La cabeza original, la que hizo de casa y refugio para Samuel en sus tiempos de mendigo, todavía sigue a los pies del santo y ahora sirve como museo y destino turístico para los mochileros literarios.
Socorro Acioli nos muestra la pobreza, la opresión, el abuso, que forman parte de la realidad del sertao brasilero, pero también su encanto, su resiliencia frente a la adversidad, su valentía a la hora de soñar y de mantener viva la esperanza. Y tiene la capacidad de hacerlo hasta en una sola frase, como cuando dice “que era todo tan lindo que apenas cabía en sus pequeños sueños, tuvo que aprender a soñar más”.
Así fue que en Candeia pude ver que, a diferencia de los abandonados pueblos mineros, o del purgatorio sofocante de Comala, donde las personas parecen confundirse con el paisaje: en sus silencios, en sus inescrutables miradas lentas, en su solemne carga del pasado que va marcando su caminar sin tiempo; en el sertão de Acioli las personas, en lugar de mimetizarse, hacen un contraste frente al paisaje: son abiertamente chismosas, expresivas con desconocidos y extraños, y en lugar de cargar gravemente con las tragedias del pasado, se ríen tanto de ellas como de sí mismas.
Tal vez por eso el libro se siente leve, ligero, como una brisa por dentro, que se agradece porque hace falta, porque qué sería de la vida sin poder conversar, de vez en cuando, con algún embustero, algún saca suerte, algún encantador de serpientes, de nombre Eligio, Vasco, o Gabriel.